El poder de la red
es inconmensurable.
De cara a los hechos
recientes en donde aparentemente hubo una fuga de información de
Facebook, en la cual se manipularon los registros de más de 50
millones de usuarios y esto se utilizó como arma electoral en
Estados Unidos para depurar perfiles psicológicos de los usuarios y
explotarlos con publicidad durante sus pasadas elecciones, trae a
colación la seguridad e integridad de la información que todos
compartimos en esa red social y muchas otras.
Hace algún tiempo
cuando analizamos el acuerdo que aprobamos para generar nuestra
cuenta en Facebook, nos asombramos cuando sin ningún ambage avisan
que van a grabar TODA información que salga de nosotros por ejemplo:
lecturas GPS donde se indique en qué sitios estuvimos, horarios y
días de conexión, marca, modelo del equipo con el que accedamos a
la red, comportamiento, contactos, ‘likes’, comentarios,
fotografías, redes de acceso, dirección IP. Todo tipo de
información directa o indirecta que generemos, aplicaciones, juego
usados, puntajes de los mismos, patrones de compra y consumo,
intereses en los anuncios que publican también quedará registrado.
Además ellos se quedarán con esa información aunque cerremos la
cuenta y podrán hacer uso de los datos según crean conveniente
porque además. Les dimos permiso para ello.
Si hace algún
tiempo todavía existían personas que distinguían entre la realidad
presencial de lo cotidiano y la virtual de las redes de
comunicaciones, esta frontera se ha desdibujado prácticamente, sobre
todo a partir de que instrumentos como los teléfonos celulares y las
tabletas se convirtieron en objetos de uso personal que registran
nuestros patrones de comportamiento, preferencias, compras,
interacciones y en suma toda una radiografía de quien es cada uno.
De ahí el peligro potencial de que nuestra información pueda ser
usada para minar datos, para colaborar en análisis y perfiles de
consumo, de preferencias o de relaciones, y todo no sólo sin que nos
enteremos cuándo y dónde ocurre, sino que se lleva a cabo con
nuestra autorización formal.
Si recordamos casos
como el de la base de datos electoral de México, que andaba
circulando por diversos portales de Internet y se podía obtener casi
sin esfuerzo, o bien el tema aún en investigación (se supone) del
uso de software espía por parte de instancias del gobierno que
buscaban acceder a datos y conversaciones de periodistas, actores
políticos y líderes de opinión, el caso se vuelve más delicado.
Muchos pensamos que si en un país como Estado Unidos, que se supone
posee los controles tecnológicos para analizar y proteger los datos
e información, a fin de cuentas estos se manipulan (aparece de nuevo
como añadido, la sombra de personajes rusos en el caso) para influir
en las votaciones que llevan a una persona a la presidencia, en
nuestro país los datos pueden estar poco defendidos y pobremente
sustentados con los apoyos técnicos necesarios. El uso de
instrumentos de análisis y técnicas de minería que procesan la
gran cantidad de datos que se producen dentro de un ambiente con alta
efervescencia como el electoral sin duda es un tema del que pocos
hablan, casi todo el mundo asume y pocos divulgan.
El auge del BigData
es tan enorme que para el usuario ‘de a pie’ no le parece grave
subir fotos personales, familiares, o decir en dónde está o qué
compra. El punto es que la versión integrada, filtrada, depurada y
organizada de la información colectiva brinda una fotografía
detallada de aspectos personales y sociales que ni siquiera se
sospechaban. Ya en las elecciones anteriores de México aparecieron
actores extranjeros expertos en manejo de redes sociales y análisis
de tráfico.
Mientras que en
nuestro país el consumo promedio diario de conexión a la red es de
4 horas, es decir 28 horas a la semana o más de media jornada
laboral, estamos distraídos en la inmediatez, la novedad y es
chisme, sin darnos cuenta que estamos divulgando información
detallada sobre quiénes somos y qué nos gusta. Esta es una espada
de doble filo. Si dedicáramos una hora diaria a leer, terminaríamos
un libro cada semana y todavía dispondríamos de 21 horas para las
trivialidades de la red pero quizá con un enfoque más crítico de
qué decir y en dónde decirlo. Habría además una sociedad mejor
informada y más madura para utilizar productivamente los canales
digitales que llegaron para quedarse.



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